ATL

El Lê dome de Cortázar empezaba a tener sentido, le encontraba un sentido ajustable a mi situación emocional como sucede con todo lo que le rodea a uno cuando se encuentra en esas condiciones; en versos, líneas de un guión o notas de una música que casualmente le muestran a la gente lo que exactamente se siente dentro. Eran tiempos donde escribía mucho, con la misma carga emocional de un bipolar suicida y todo el fatalismo del mundo no cabía en una hoja de papel.

Iracunda, a escasas palabras de vertirme en un agujero espectral vi de lejos un brillo poco usual en el antebrazo de un joven. Señores les digo que tengo razón cuando afirmo que llevaba un par de contrariedades asomadas por la manga.

Su nombre era Emiliano.

La serie de especificaciones que contenía su instructivo no indicaba por ninguna parte que tenía un alma vieja o algún espectro que no fuese fabricado junto con el cuerpo. Por lo que yo creí que era auténtico. Vaya uno bueno.

Sin embargo un día así sin más lo recordé como de un sueño, miré en esas cuencas bajo sus cejas un cristal que dejaba entrever un pasado conocido. Entonces fue la primera vez.

Emiliano y yo pintábamos; unas veces en lienzo y otras en nuestros cuerpos. Con la pintura que fuese dibujábamos figuras de nosotros mismos dibujándonos. Era muy divertido.

Después del ritual venía el descanso, horas sin apenas articular palabra uno junto al otro pensando, escuchando melodías o dormitando.

Llegó un punto como en toda coalición en la que ambos implosionamos, de alguna manera sentía que no era una cuestión personal pero eso no impidió que una célula oculta, una vértebra casi imperceptible a la vista, o tal vez un cartílago, no volviera a ser el mismo.

Esta fue la más difícil de acuerdo con mi lógica, en el instructivo no se encontraba algún señalamiento para casos como estos. Es preciso añadir que la intuición y la propia consciencia se encargan por lo regular de estos casos pero deberán disculpar mi ignorancia e inocencia, con el tiempo se fue entrenando el cuerpo.

Pasaron un par de años, unas cuantas personas y muchos desencantos para que lo volviera a ver. Como si el paquete cuerpo- alma tuviera un mecanismo de defensa rarísimo, mis luces intermitentes se mantuvieron por largo rato hasta estar seguros de lo que estaba ocurriendo.

Ahora la vía era el aroma.

Chico, un hombre sin estudios que logró una pequeña fortuna gracias a sus excelentes habilidades culinarias y a la increíble aceptación que tuvo su cocina casera portuguesa en la ciudad.

El restaurante despedía un aroma a especias y condimentos que impregnaba las afueras del patio donde a la vista de todos preparaba las delicias.

Naturalmente se volvió un hombre popular, amable y sonriente pero introvertido. Esa mirada guardaba un secreto lejano, como de marinos que dejan su tierra para nunca más volver.

Fadista por herencia, una buena noche organizó una Casa de Fado totalmente ambientada.

Un par de argentinos que también cenaban en el lugar decidieron completar esta velada multicultural con un tango al paso del fado, ambos géneros pasionales en una mescolanza sin precedentes a lo que la gente excitada inspiró a mal cantar y mal bailar.

Probablemente Chico escuchó mi buena pronuncia del portugués (a pesar del alcohol), porque se acercó a bailar conmigo un tango que en mi vida habían conocido los pies.

Entonces descubriendo cada una de sus facciones noté el misterio en su mirada, como marcos de sus ojos había una selva salvaje como un felino; indomable pero elegante y adentrarse en aquella selva era llegar a un mar inmenso que lo único que podía significar era despedida.

Una melancolía se desparramaba por sus poros y encontraba solución en mi espalda donde él nunca dejó de desembocar.

La manera más sublime de romper el silencio con él era con música, hablaba por nosotros y se traducía en sentimientos que jamás logramos pronunciar. Y la alegría venía con aquellos sagrados alimentos. Primero el abrazo tibio de un Caldo Verde, después el fuerte aroma de un Bacalhao á Bráz suavizado con el dulce vino de Oporto y sólo por el terrible pecado de la gula el tímido sabor de los Rissois de camarón. Nuestro más bendito placer.

A pesar de la materialización del sueño, lo tangible de su cuerpo y el calor de su aliento, al final su barca urgente sentía la necesidad de desembarcar.

Era extranjero al fin y al cabo.

En cuanto a mí, necia y sensible no quedaba más que procurar un tibio abrazo oportuno de la mano de la vida quién se encargaba de llevarme a lugares insospechados. Sin duda a veces me arrastraba sin poder remediarlo evidentemente, mi centro acostumbraba estar estático y sin los brazos arropando y columpiándome podría permanecer en silencio o en susurros y la mirada perdida.

Ricardo, Humberto, Ignacio, cetáceo, malasio el orden de las letras no importa, el significado tampoco. Se deshacía en mil pedazos para volver como siempre con el viento.

Lo aprendí a reconocer sólo con la mirada, era fácil dado que había desarrollado una preferencia por mí así que siempre jugaba.

Su inclusión a un cuerpo se había convertido en un interés nulo para mí, acostumbrarse a sus nuevas formas y manías causaba una suerte de simpatía.

No sé si vivan dioses minerales como él, que retornan en un mundo que no corresponde y que atraviesen los cuerpos como aire caliente. No sé si todos tengan ojos espirales que a consecuencia terminen por hipnotizar, tampoco sé si la gente los ve o siquiera que los perciba. Pensando tal vez que no necesitan mirarlos, que el paisaje es lo suficientemente bello sin ellos.

La verdad es que esa historia no es pasado ni presente ni futuro, son vaivenes que se esconden al paso natural de tiempo. Yo los llamo trastiempos, cuentos de coincidencias y cicloides. El patio trasero de un reloj, lo que no se dice, callado se piensa.

Atl nunca lo dije. Sólo te pensaba, y tú así lo hacías.

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