AL FONDO

A mi viejito

Llevaba 3 años sin volver. Dormía vestido de forma lateral cada noche, el pijama nunca había existido para él. Desde niño tenía prendada la visión de que el aire se le escapaba en cada cambio de ropa y con él los recuerdos.

Había pasado tanto tiempo según parecía; salir de un ensimismamiento como aquél tomaba tiempo y escaras de su cuerpo. Rescatar esas memorias le había costado llagas, abrasiones constantes y profundas de forma que no quedara manera de voltear y sonreír para sí.

A las tres de la tarde quedó de verse con la pandilla; pese a su edad aún gustaban verse como niños, como adolescentes cautivos  en la edad de oro, riendo, bebiendo y tocando memorias con plumas de un pincel.

El autobús salía a las cinco, perfecto, dos horas para apaciguar los nervios, los dos amigos ya estaban ahí y vaya que la “Negra llegó puntual, al menos aparecía cuando se necesitaba, pensó. Ambos lo miraban con ojos en agonía, sólo eran parte de un plan efímero donde no cabía en sus manos la posibilidad de hacerlo cambiar de parecer.

Al calor de la plática se fueron relajando las tensiones, las copas de vino hicieron su parte.

El momento de la despedida fue el más célebre, cada uno con su respectivo sonrosado en las mejillas y sus palabras entrecortadas le dieron lo mejor que podían darle. Su silencio.

Encontró en los compartimentos una historia diferente. Mujeres fuertes, oscuras, cargando en el lomo  el peso de cuatro, cinco, diez vidas. Jóvenes sin gloria que se evaden al tiempo, huyendo de él en combis de colores como tú, que ahora estás regresando a lo maldito, al lugar de donde todos huyen.

Duró días el camino, o al menos así lo constataron sus ojos quienes en cada parpadeo dormían horas, el polvo de arena del pueblo se iba colando poco a poco por los escapes como ventanas del autobús.

A la puerta caminaba triste, nostálgico.

Tantos años resultaban golpeados ahora, con el ventarrón de las puertas del autobús. De forma inexplicable crecían como epidemia y con la misma  vividez de un roce de mano se posaban en su estómago cada una de las batidas del pasado.

En verdad hacía tanto cuando su abuelo lo tomaba de la mano y lo llevaba a comprar dulces, cuando aunque su cuerpo no aguantara más sus ojitos le imploraban  con dulzura y su gesto vago y cansado le sonreía.

Hoy parecía que un  mundo se había interpuesto en su camino y de pronto todo aquello que tenía asegurado se había ido volando con el ave marina. Reflexionaba como hace mucho había olvidado, que el tiempo podía estirarse y comprimirse y al final convertirse en arma cargada. A punto de dispararse a la menor debilidad.

Se había convertido en un esclavo de las circunstancias, lo que inevitablemente le pasa a los demás.

Tanto le había costado luchar, olvidar para poder avanzar en un camino medianamente trazado. Pero una vez más las circunstancias lo llevaban hacia atrás, a sus raíces, a las memorias que ya creía superadas.

Las gotas de lluvia lo trajeron de vuelta, se apresuro a tomar su equipaje y a refugiarse en el interior de la vieja cafetería. No tuvo que percatarse que él también llovía.

Con la humedad de las nubes impregnada en el ambiente llegó a casa a eso de medianoche. Tocó la puerta con la certeza de que una vez más se encontraba cara a cara con esa parte de él que llevaba enterrada silenciosa. Derrotado pero convencido más que resignado se abrió a sí mismo nuevamente para entrar en contacto con todo su ser sin reservas, como debía ser. A la par se abrieron las puertas.

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