TIBIEZA

Cerraste la puerta del cuarto, sentiste ganas de irte. Quisiste contarme como adquiriste la capacidad de observar pero no lo hiciste. En cambio te marchaste en silencio.

Apenas te conozco, no te he visto llorar. Pero sé como huele tu cabello, tu boca, tu cuello. Sé a  que saben tus labios, tus manos , tu pecho. Cómo se sienten tus dedos en mi espalda, el filo de tus yemas en mi piel.

He sentido tu aliento; sé que duermes recostado en el brazo derecho. Me gusta cuando se acelera tu respiración, me gusta cuando hablas porque lo haces con la naturalidad de un latido.

Pero no te conozco y tu no pareces notarlo.

Hablamos un poco, menos en tiempo y cantidad. Me miras y accedes, vas con el río te dejas llevar. Luego cierras la puerta sientes ganas de irte, yo no te detengo.

Caminas unos cuantos metros y yo espero que te arrepientas. Espero unos minutos vagando en tiempo y espacio con un ligero piquetito en el pecho creo que es lo que algunos llaman esperanza.

Dudo un  poco, termino por aceptarlo hasta que regresas al fin como fantasma. Te cuento lo que ha pasado y te confieso que me hubiera gustado que a los pocos minutos regresaras y me dijeras que no te vuelves a ir o que en su defecto siempre regresarías.

Te hubiera sentado en el sofá y te hubiese dado algo de beber, un pretexto para rozar tu mano. Tal vez cometería al estupidez de derramar el líquido en tu camisa con la inocente intención de limpiar con un paño tu pecho, y despúes tocar con mi lengua tus labios. Y entonces no te tocaría tan fuerte  porque sabría que ya no tendría que sujetarte para que no te fueras.

Estaría contandote lo bien que me he sentido, los kilos que he aumentado, las historias que he escuchado en mi último viaje al pasado. Los últimos libros que leí y que entendí a la mitad, las ganas que tengo de probar una nueva clase de baile.

Mis cicatrices, te mostraría las pequeñas que nadie ha notado. Me enseñarías los lunares de mi espalda que hasta ahora no he descubierto y tal vez te abrirías para contarme algún detalle oculto de tu infancia.

Probablemente fue la lluvia, entendí que llegaste a casa mojado, dejé entonces de hablarle a  la nada y expié mis silencios en el té. La casa se vació nuevamente.

El fantasma va y viene de forma intermitente, en los sueños a veces. Hay momentos en que tengo la firme convicción de que me sopla al oído y susurra en lenguas extranjeras. Luego en las noches (en ausencia de estrellas, me he fijado) los ojos quietos derraman una o dos gotitas de sal.

Por suerte no regresaste y no escuchaste los murmullos que me salían por los poros. Afuera estaba de viento fijo y en las nubes se vislumbraba el eco de lo que hace horas figuraba un sol. Me hizo sentir mejor.

Aquella fue una noche sin cielo estrellado.

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